La historia está repleta de nombres importantes que pertenecen a personas que inventaron algún aparato útil, que hicieron un brillante descubrimiento, que rompieron con el orden establecido, que ejercieron por oficio la creatividad en cualquier terreno artístico o que ostentaron un poder importante haciendo buen o mal uso de él. En general, el pasado tiende a recoger aquellas vidas que proyectan referentes a las generaciones venideras. Sin embargo, lo curioso y lamentable es que hasta hace relativamente poco, entre esos nombres no figuraba el de ninguna mujer. Y no porque no los hubiera.

Desde la infancia sentí una gran carencia al no poder encontrar personalidades femeninas sobre las que apoyar mis sueños. Recuerdo mis años de primaria en los que estaba obsesionada con la astronomía y el universo, deseaba con ahínco convertirme en astronauta, construir un cohete, formar parte de la NASA. Cuando contaba mis metas futuras, la gente de mi alrededor, por ignorancia, tendía a desbaratar mi ilusión con una frase: «eso no suelen hacerlo las mujeres». Al final, abandoné mi objetivo y tiré mi maqueta del Apolo XI. No obstante, este pasado año descubrí un hecho que me fascinó: los cálculos de tres mujeres matemáticas, Katherine Johnson, Dorothy Vaughan y Mary Jackson permitieron, en gran medida, la llegada del hombre a la Luna. En efecto, tres mujeres.

Por desgracia, este no es un suceso aislado. El camino de la historia está plagado de piedras que aplastan el talento y los hallazgos de cualquier mujer al no poder ser reconocida fuera de sus esquemas estereotipados. Esto ha provocado que muchas de nosotras nos sintamos huérfanas en distintas materias, problema que todavía sigue latente hoy en día. La educación básica no ofrece una visión panorámica y justa de los sucesos históricos, ya que solo se nos reconoce como esposas o amantes de las eminencias científicas y humanísticas, o ni siquiera eso.

Explorar un libro de texto es enfrentarse de cara con la desigualdad. Sin ir más lejos, los planes de estudio de Secundaria, Bachillerato e incluso la Universidad en asignaturas como Lengua Castellana y Literatura apenas hacen hincapié en la presencia de mujeres a lo largo de la historia literaria, y, por tanto, la realidad que se proyecta en el aula da a entender que durante años ninguna mujer se había atrevido a coger el lápiz y dar rienda suelta a sus letras. El caso de Las Sinsombrero es solo uno entre cientos.

Actualmente, autoras reconocidas como JK Rowling— creadora de la saga de Harry Potter— confiesan que han tenido que firmar sus libros con iniciales para que su género no se reconociese y así no influyese en las ventas. Hasta en el siglo XXI se siguen manteniendo los mismos prejuicios que lapidaron a las hermanas Brönte cuando en aquella Inglaterra victoriana se vieron obligadas a firmar sus obras como los hermanos Currer, Acton y Ellis Bell.

Asimismo, en otros terrenos como el cine se niega o se debate la importancia de mujeres precursoras. Entre esos nombres invisibles se alza el de Alice Guy, quien inventó la narración cinematográfica y a quien no se presenta entre las páginas de los libros de Historia del cine. Lo mismo podríamos decir con respecto a Ada Lovelace en el mundo de la programación informática, a Hedy Lamarr en el terreno de las telecomunicaciones o a Clara Peeters en el ámbito de la pintura.

Miles de mujeres brillantes destaparon el conocimiento y solo un ínfimo número de ellas son reconocidas por ello, como Marie Curie o Gertrude B. Ellion; otras no corrieron la misma suerte, pues artistas de la talla de Camille Claudel tuvieron que vivir el silencio de su obra bajo la firma de otros. No obstante, los mayores cambios en la historia de la humanidad a veces se encuentran en pequeños gestos y, para sorpresa de muchos y muchas, fueron realizados por mujeres. Dentro del conjunto resuenan nombres como los de Rosa Parks, Indira Ghandi, Mary Wollstonecraft, Betty Friedan, Malala Yousafzai o Ana Orantes.

Activistas, políticas, inventoras, investigadoras o artistas se agolpan entre los anaqueles de la historia, exiliadas entre polvo y olvido, esperando a que alguien rompa su abandono y las traiga devuelta al sitio que merecen. Por este motivo, es tarea de todos y todas recabar y cuestionar la propia historia para rehacerla; esta vez sin olvidar ningún nombre en el camino.

Pese a tener todo en nuestra contra, nosotras también hicimos el mundo gracias a la valentía de mujeres que dieron el primer paso.

No dejemos que el tiempo y la injusticia acaben borrando sus huellas.

Alba Moon

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