Dudo que alguien pueda olvidar con facilidad la primera vez que fue al cine. Esos nervios guardados en el estómago como fruto de la inquietud y la sorpresa ante lo desconocido. Quizás haya elementos que ahora pasan inadvertidos por la costumbre, pero en aquel momento el olor a palomitas creaba una atmósfera única. Nosotros y nosotras, niños y niñas de antaño, nos acomodábamos en butacas donde nuestros pies ni siquiera rozaban el suelo mientras esperábamos que, en aquella sala oscura, sobre en una lisa y enorme tela blanca se proyectase la magia.

La primera vez que visité un cine iba de la mano de mis padres, dudosa, con miedo a que el sonido de los altavoces fuese demasiado abrupto para mis diminutos oídos. Corría el año 1998 y en la cartelera se anunciaban diversas películas infantiles; sin embargo, mis ojos no podían apartarse de aquella mujer que miraba al mundo a través de su espada. Como si se tratase de la decisión más importante de mi vida, con una absurda seguridad alcé mi dedo y proclamé mi elección.

Durante esa corta existencia las protagonistas con las que me había topado en las películas Disney estaban confeccionadas por un mismo patrón: no tenían madre, siempre se idealizaba su belleza y voz, la historia se resolvía gracias a la actuación de un hombre y su misión no era otra que luchar por encontrar el amor verdadero. En ese instante, frente a mis ojos podía ver algo diferente: una mujer real y valerosa que no tenía miedo de sus acciones porque ella misma era capaz de resolver sus propios problemas.

El argumento original de esta historia —adaptada libremente por Disney—procede de un poema épico chino llamado Balada de Mulan, elaborado en el siglo VI durante la dinastía Tang. En la antigüedad, los poemas épicos servían como crónicas de eventos importantes de un pueblo o como un modo de aglutinar sus leyendas.

En esta composición se cuenta como Hua Mulan suplanta la identidad de su padre en el ejército para librarle de una muerte segura. Sus luchas y victorias la conducen a grandes reconocimientos por parte de su país, volviendo a casa llena de honores. Cuando sus compañeros deciden visitarla descubren que es una mujer y quedan asombrados. Un apunte curioso que llama la atención es su final: «Las patas del conejo saltan más/ los ojos de la hembra son algo más pequeños/mas cuando ves un par corriendo por el campo/ ¿quién logra distinguir la liebre del conejo?», ya que se propone una reflexión donde alude a la igualdad de género.

Así pues, en aquella sala de cine, sentada y engullendo una palomita tras otra, observaba como una Mulan arriesgaba su vida por salvar a su familia y no por buscar el amor romántico del que siempre me hablaban. Iba con la cabeza bien alta hacia el peligro, y pese a ello la juzgaron por ser mujer y no sentir temor.

Justo ahí, en mi último sorbo de refresco empecé a entender que si decidía tomar un camino diferente al que se me asignaba por género recibiría duras críticas. Comprendí que para alcanzar mis metas tendría más dificultades que un hombre, y que si las lograba no se halagaría mi talento sino mi belleza. Con tan solo cinco años la realidad me golpeó al descubrir la injusticia y la desigualdad sobre la que se asentaban y se asientan las bases de nuestra sociedad. Con tan solo cinco años había aprendido que para cambiar el mundo tendría que empezar a dar pequeños pasos, mover piezas, reconstruirme y empezar a ser quien realmente sentía dentro.

Nunca tuve una cocinita ni tampoco aprecié la compañía de un bebé de plástico. No deseaba príncipes que me salvasen de mi hogar o que me diesen besos sin mi consentimiento. Prometí que jamás iba a someterme a la voluntad de nadie por muy bestia que fuese. Decidí que me amaría a mí antes que a cualquier persona, que lucharía contra quien quisiese hacerme suya y que derribaría a mis enemigos en igualdad de condiciones. Hoy, 2018, veinte años después de esa experiencia, soy más consciente del largo recorrido que aún queda. No obstante, cuando miro a mi pequeño yo de entonces, no puedo más que agradecerle las decisiones que tomó y la lucha que emprendió por defenderlas.

Porque aquella primera tarde en el cine junto a mis padres lo tuve muy claro. Yo no quería ser una princesa. Yo quería ser Mulan.

Alba Moon

 

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