Cuando hablamos de la Generación del 27, estamos haciendo referencia a toda una generación de autores sin la cual es imposible comprender el arte y la cultura contemporánea de nuestro país. En el ámbito literario nombres como Federico García Lorca, Rafal Alberti, Manuel Altolaguirre o Pedro Salinas nos vienen de inmediato a la cabeza, o nombres de otros integrantes del grupo que se centraron en actividades artísticas diferentes de las estrictamente literarias, como Luis Buñuel, Salvador Dalí o Manuel Ángeles Ortiz. En nuestra mente aparecen las imágenes de la Residencia de Estudiantes de Madrid y en general fotogramas de una época en la que la cultura española alcanzó uno de sus momentos de gloria.

Sin embargo, hasta hace relativamente poco, nunca nos parábamos a pensar en otro núcleo fundamental que integraba esta generación y que durante años ha sufrido el más severo de los olvidos. Hablo de ellas, de las mujeres de la Generación del 27, hablo de las Sinsombrero.

El término de Sinsombrero tiene su origen en el gesto de quitarse el sombrero en público que protagonizaron Maruja Mallo, Margarita Manso, Salvador Dalí y Federico García Lorca en la Puerta del Sol. Pero antes de empezar a hablar de este grupo de intelectuales y artistas españolas vamos a remontarnos al origen de la nueva ola de la cultura española que desembocaría en la Generación del 27.

Nos apedrearon llamándonos de todo

                   – relataba la misma Mallo en unas grabaciones tras volver del exilio.

En 1914 surgió un grupo de mujeres que lucharon con valentía y determinación por los derechos de la mujer en una España que las condenaba a la mediocridad. Su legado permitió que pocos años después sus alumnas más aventajadas (1927) se liberaran del corsé, no sólo de la prenda, sino también del “corsé” intelectual y social que las reducía a su papel de esposas, madres y amas de casa, participando sin complejos de la vida intelectual y cultural de la España de los años 20 y 30.

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Aunque es posible que muchos y muchas todavía no lo sepan, todas estas mujeres convivieron en el espacio y en el tiempo con los hombres del 27, compartieron amistad, se influyeron mutuamente y fueron condenadas, como ellos, al exilio.

La obra de ellos volvió, se reconoció y se incluyó en los libros de texto, que se han convertido en el instrumento de la historia oficial para perpetuarse. Los nombres de ellas siguen, muchos años después, sin aparecer de una forma destacada en esta historia oficial. Se hicieron desaparecer sus creaciones con disimulo de un relato histórico edificado sobre las bases ideológicas y morales del bando victorioso y de una transición en la que no había tiempo (ni interés) para prestar atención a estos “detalles”.

No obstante, su incesante lucha y su talento hizo que juntas se convirtieran en la generación de pensadoras y artistas femeninas más importantes e influyentes de la historia cultural española. Los nombres y apellidos que forman este grupo son una mezcla de maestras y alumnas, pertenecientes a las denominadas generaciones del 14 y 27.

No hubieran podido existir unas sin las otras, ya que a diferencia de los hombres, su lucha por la igualdad las unía, compartiendo espacios, ideas y procesos creativos. Victoria Kent, Margarita Nelken, María de Maeztu o Clara Campoamor fueron ejes centrales de toda una conciencia femenina que devolvía a la mujer la palabra. Todas ellas fueron maestras, amigas y protectoras directas de María Teresa León, Concha Méndez, Maruja Mallo, Ernestina de Champourcín, María Zambrano o Josefina de la Torre, entre otras.

En esa sociedad machista donde las mujeres estaban predestinadas a ser madres, esposas y beatas, los hombres se enfrentan a un grupo de artistas que no piden permiso, que están dispuestas al trato del tú a tú. Ellos las aceptan pero no las recuerdan, y no porque no sepan sus nombres[1],

                               – afirma Tania Balló, directora del proyecto Transmedia Las Sinsombrero.

 

Apenas las recuerdan tampoco sus propios compañeros de generación.

 

¿Por qué no podremos ser nosotras sencillamente sin más, no tener nombre, ni tierra, no ser de nadie ni nada, ser nuestras, como son blancos los poemas y azules los lirios?

– escribía Ernestina de Champourcín a Carmen Conde el verano de 1928.

Probablemente pocas personas podrán citar una sola de las obras de estas autoras o incluso ponerles cara. Es posible que ni siquiera hayan escuchado nunca sus nombres, a pesar de que los poemas de la primera, por tomarla como ejemplo, fueron incluidos en la antología de Poesía española contemporánea de Gerardo Diego de 1934 junto a Luis Cernuda, Federico García Lorca, Vicente Aleixandre o Pedro Salinas.

Otros casos curiosos son el de María Teresa de León, poeta de primera línea y activista, que quedó relegada a un segundo plano y ensombrecida por la fama de su pareja Rafael Alberti cuando, siendo realistas, los versos de la primera no tenían nada que envidiarle a los del poeta gaditano; y el de Maruja Mallo, pintora que influyó y fue influida por su compañero Dalí en la Academia de Bellas Artes de San Fernando. En el exilio, Mallo se codeó con Picasso, Magritte o Miró y fue referente surrealista en Nueva York. Murió en España sin un ápice de reconocimiento.

Posiblemente en todos los momentos de su vida, las artistas fueron muy conscientes de que la permanencia de su legado artístico iba a ser complicada. Estaban en lo correcto, tendríamos que esperar hasta el año 2015 con la aparición del libro y del documental Las Sinsombrero, producido por Intropiamedia / Yolaperdono, con la colaboración de TVE y dirigido por Tània Balló, y con el proyecto transmedia del mismo nombre, para poder tener una información más exacta y concisa de todas estas mujeres.

Precisamente uno de los objetivos del proyecto transmedia es la entrada de Las Sinsombrero en las aulas. Es la parte más ambiciosa, la más difícil, incluso para las artistas actuales cuya proyección pública (y en papel) es mucho menor.

Debemos descubrir a Las Sinsombrero para reconciliarnos con nuestra historia y sobre todo con nuestra memoria.

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Las Sinsombrero son: Ernestina de Champourcín, María Teresa León, Concha Méndez, Maruja Mallo, María Zambrano, Rosa Chacel, Josefina de la Torre y Marga Gil Roësset.

 

Juan Domingo Aguilar

 

[1] Algunas afirmaciones están sacadas del artículo de Sofía Pérez Mendoza en eldiario.es el 28 de febrero de 2016.

 


 

ENLACE DOCUMENTAL Y PROYECTO LAS SINSOMBRERO

La interrupción de la Guerra Civil supuso el fin de esos años de creatividad y libertad. La mayoría de ellas tuvo que exiliarse, o quedarse y aceptar de nuevo el rol de la mujer en una España que las acallaba. No hubo intercambio generacional, no había más lugares donde encontrarse, su arte ya no se mostraba. Su voz fue silenciada, su memoria olvidada. Reconstituida la democracia, los nombres de sus colegas masculinos, miembros de la Edad de Plata, fueron recuperados y ensalzados, mientras que los de estas mujeres permanecieron en silencio, perdiendo su lugar, de pleno derecho, dentro del relato oficial de tan importante época histórica.

El documental producido por  INTROPÍAmedia en colaboración con AC/E propone recuperar el legado y la memoria de estas artistas y pensadoras, poniendo de relieve que su legado es determinante en la historia cultural y social española, con el objetivo de reivindicar así su pleno derecho de pertenecer a la Edad de Plata de las artes y letras españolas.

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