La idea de escribir este artículo vino gracias a una charla que tuve hace muy poco con una amiga mía. Resultó ser que mi amiga y su hermana habían estado discutiendo acerca del papel que los Cuentos de Hadas cumplen en la construcción de modelos y valores culturales; y dado que yo me ocupo de estudiar relatos folklóricos, me quedó el papel de jueza en esta cuestión. Su hermana, del lado de referentes como Bruno Bettelheim, resalta la calidad terapéutica de esta narrativa. Sobre todo para los niños y niñas, las historias son canales que ayudan a proyectar y resolver muchos conflictos, dudas y cuestionamientos que en la infancia aún no estamos en capacidad de racionalizar y verbalizar. Y por el otro lado para mi amiga, estos cuentos han repetido dos modelos femeninos polarizados, aunque igualmente simplistas y sometidos: Princesas indefensas, frágiles, bellas, femeninas, y demás cursilerías, que siempre tienen que encontrar a un Príncipe Azul, o celeste al menos, para poder realizarse completamente, frente a Madrastras, Brujas o Hadas malvadas que usan sus poderes solo para hacer el mal. Según esta postura, estas historias han reforzado y contribuido a crear modelos de conductas vacíos y dominados a los que desde niñas las mujeres debemos aspirar, pareciendo que si no te convertís en una Princesa, vas a acabar siendo una Bruja mala y fea. El debate me parecía maravilloso; dos puntos de vista tan extremos en apariencia pero que estaban dando cuenta de lo increíblemente flexibles, cuestionables y, por ende, transformables que son los productos culturales. Mi veredicto fue entonces que razón tienen ambas y que ningún punto de vista supera o invalida al otro.

La postura que toma mi amiga es una que escucho con frecuencia en varios círculos, y es aquí donde quiero vincular el tema que desarrollo hoy. La idea en boga es entonces que relatos tradicionales, tales como La Cenicienta, Blancanieves y La Bella Durmiente, entre muchísimos otros, son machistas porque presentan mujeres en una posición completamente desventajosa, merced de circunstancias que escapan a su control, y tienen una resolución bastante similar: los problemas se terminan cuando aparece el Príncipe Azul y estas mujeres encuentran finalmente su lugar en el mundo. Frente a esta afirmación muchas personas no dicen nada más, es simplemente un comentario sobre algo que es así. Algunas compañeras se inclinan por propuestas más activas y aguerridas, buscando hacer la revolución feminista también en la literatura infanto-juvenial. Se trataría aquí de ficcionalizar y adaptar al público infantil historias de mujeres reales, luchadoras, trabajadoras, creativas, fuertes y otros calificativos grandiosos, que son el verdadero ejemplo a seguir. Ahora bien, a esta premisa, que se ha convertido casi en un estandarte de la revolución cultural feminista, me atrevo a decir: los Cuentos de Hadas no son machistas, sino que los venimos leyendo “machistamente”.

Un poco de teoría. Estos cuentos pertenecen al mucho más amplio género de los relatos folklóricos. Desde hace un buen tiempo folkloristas de renombre y diversa procedencia (Thompson, Pelleiro, Boas, Ben Amos, por nombrar solo unos pocos) están de acuerdo en describirlos como narraciones de carácter tradicional ligadas a un contexto cultural específico y que, a pesar de tener una estructura bastante simple y fija, se prestan a transformaciones y están en constante movimiento. El Cuento de Hadas se nos presenta con la fugacidad de un papel que se quema en el aire. Corresponde a una realidad, a una audiencia y a una representación cultural, pero de ninguna forma es un producto establecido e inmóvil. Su centro es un corazón que late transformación constante. Si dejara de cambiar, perdería su esencia. Transformación y contexto son las dos llaves que nos permiten indagar en el núcleo de estas historias y valorar cuan maravilloso es que haya tantas versiones de un mismo cuento, y que logran contar y representar a todas las audiencias que encuentran una vía de comunicación con ellas.

Rasgos de oralidad. Otro tema a tener en cuenta es la naturaleza oral que tienen los Cuentos de Hadas. Esto no quiere decir que los escritos no sean válidos, sino que su dinámica es oral. Como formamos parte de una cultura escrituraria, estamos acostumbrados y acostumbradas a que existan narraciones, entre otras formas de creación, que han sido fijadas por la letra escrita constituyendo una realidad inmodificable y, por ende, que todo aquello que se escriba distinto es justamente otra cosa. Pero así y todo entendemos lo que significa una película basada en un libro, o una opera basada en una obra de teatro: son lecturas, interpretaciones que una sola persona (porque la cultura escrituraria es bien individualista) hace de una obra ajena. Hasta aquí todo el mundo de acuerdo. Me pueden decir que entonces sabemos que hay un original, una obra inicial a la cual referirnos para notar, si no los errores, sí las diferencias o desviaciones que sus adaptaciones hagan del mismo. Pero no podemos aplicar estos mismos criterios a toda una literatura cuyo origen y naturaleza es oral como pueden ser los mitos, leyendas, canciones tradicionales, los cuales, al igual que los Cuentos de Hadas, no tienen autoría individual. Son el producto de la creación colectiva la cual, como actividad cultural, es básicamente el constante diálogo interpretativo que las personas tenemos con nuestro entorno.

Un poco de historia. Teniendo en cuenta lo dicho hasta ahora, tenemos dos puntos en claro: los Cuentos de Hadas son mudables, tienen la transformación en su ADN, por un lado. Por otro, dado que son productos culturales y universales, existen desde los orígenes de la humanidad y por ende, su naturaleza es oral. Ahora bien, cuando la escritura se afianzó como tecnología y dejó de ser un arte cuasi-obscuro para ir ganando cada vez más terreno en todos los estratos sociales, hubo personas que se valieron de la misma para dejar en papel estas historias tradicionales y salvarlas así del olvido. Entonces, señores como Perrault en Francia o los Hermanos Grimm en Alemania se dedicaron a recoger cuanto cuento podían y pasarlo por escrito. Tales colecciones no solo recopilaron, sino que unificaron y editaron versiones similares integrándolas en un relato estándar, el cual se convirtió en lo que hoy por hoy entendemos como original. Pero entonces, ¿fueron acaso estos señores los que escribieron y editaron los cuentos haciéndolos machistas? Pues sí y no. La cultura viene siendo patriarcal desde hace muchos siglos, y estos eran hombres y mujeres de su tiempo. La selección de temas y tratamiento de los cuentos en general enfrentó varios desafíos históricos. Perrault tuvo que adaptarlos en función a lo que la corte francesa consideraba “adecuado”, de manera que estos cuentos tradicionales también tuvieran reconocimiento con las elites. Los Hermanos Grimm, por su parte, seleccionaron sus fuentes y buscaron contribuir a la necesaria construcción de la identidad de la emergente Alemania. Los Cuentos de Hadas quedaron desde entonces fijados como material no solo tradicional, sino universal y dirigido hacia un público infanto-juvenil. No es sorprendente que cuando el cine se impuso como un discurso cultural más, Disney, por ejemplo, haya echado mano de estas historias para llevarlas a la pantalla grande. De aquel filtro que las historias tuvieron durante el proceso de su recopilación y transcripción, llega un segundo con las versiones cinematográficas, las cuales tuvieron un espectro de alcance aún mayor.

Revolución cultural. En los últimos años este cine infanto-juvenial ya funciona como espacio de pluralidad de voces con respecto a los Cuentos de Hadas. Tenemos no solo una, sino varias versiones cinematográficas de un cuento que son casi contemporáneas (pensemos en los films de Blancanieves que salieron alrededor de 2012). Estos valiosos ejemplares culturales se están trabajando como lo que son: bases, motivos culturales casi universales que se conforman de acuerdo al medio, al discurso que se usa y sobre todo a la audiencia. Y se los ve también no sólo en su forma pura, sino introducidos como episodios en historias de autor o autora, con valor alegórico, metafórico o artístico (téngase en cuenta el film Ondine).

A modo de conclusión. La cultura es identidad y late en todos nosotros, y tiene como ley primera la transformación. Transformar no significa desechar, sino más bien re-construir, re-armar. A quienes creen que el camino indicado para romper con las cadenas del machismo sería ficcionalizar la vida de Frida Kahlo o de Marie Curie para que las niñas sepan que ellas pueden ser grandes artistas o científicas increíbles porque hubo mujeres que pudieron, les digo que ¡claro que es una vía válida! Pero podemos trabajar el feminismo desde los Cuentos de Hadas también, porque pertenecen al folklore universal. En el terreno del folklore se pueden hacer las disgresiones sin con ello romper o invalidar los “cuentos originales”, porque no hay original. Lo que existe es una estructura, unos personajes y una dinámica, de aventuras, de viajes, de magia y de deseos imposibles, de increíble belleza y de diabólica maldad. Un universo de posibilidades que sólo tenemos que transitar nuevamente y prestando mucha atención, para reencontrar una vez más como esta dimensión nos contiene y explica.

Pola.

Advertisements

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s