El señor Waltz y una carta de despedida a treinta telarañas

Me explico: Eran las ocho y cuarto de la tarde y juro que el sol calentaba tan fuerte que sentía que me iba a desmayar a cada segundo. Maldito momento en el que decidí cambiar el fresco azulado por arena amarilla, vistas al mar del norte por una ventana medio abierta.

Mientras esperaba a que llegaras, estaba sentado en ese banco, el cual se me antojaba pesado y milenario, como aquellos árboles de troncos inmensos que fotografiamos con una cámara digital compacta, de pantalla minúscula y calidad aún menor, en nuestro viaje a la Cordillera de los Andes, en Chile. No había señal de que hubiera nada más allá en esa existencia humeante y de colores cálidos, esa que tanto cura cuando se encuentra en la primera taza de café de la mañana, pero que te consume al cabo de un rato. Ni si quiera pasaban los coches, aunque su humo infernal llevaba años anclado en mis pulmones. ¿Qué hacía allí yo, tan derretido y expectante? ¿Por qué esa tarde de verano andaluz no me había espantado todavía a una siesta interminable o a la sombra de un toldo verde?

Si digo la verdad, llevaba engañándome desde las cuatro, pero ya me había preparado a las diez, cuando sonó mi despertador. Me levanté, decidido y recto, y me dije: “Hoy, te vas a hacer el tonto. Y te va a salir tan bien que nadie creerá que lo estás haciendo a propósito”. Sin embargo, he de admitir, me he mirado en un espejito que guardo siempre en el bolsillo de mi chaqueta, para comprobar si mi nariz seguía siendo del mismo tamaño. A ratos me dolía, las automentiras también pasan factura. Que lo sé yo.

Cuando la luz se había disipado del casi todo, y sólo quedaba una línea de rojo ardiente en el horizonte plano, las terminaciones nerviosas de mi cuerpo empezaron a bailar bachata, y me quise morir de pena. Alguien había atravesado mi corazón con un palo marrón y muy por debajo de lo mediocre, y me pareció ridículo irme de este mundo de esa manera.

Al comprobar que no volverías más a mis brazos de hombre árbol ni al lugar que te vio sobrevivir a la temperatura a base de sandías, no pude más que fluir hacia una tubería, esperar a volver a mi estado sólido, o volver.

Cariño, mi voz, mi todo. Te prometo que no estoy loco, tan sólo estoy tan solo, tan solo sin ti…

Marina

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