[Versión bilingüe]

Everybody has a sanctuary, a little place where you can get lost and not account for anything or anybody; a place where you can be in peace and relaxed, where you will not be bothered and you can distance yourself from your routine.

My own sanctuary are second-hand bookshops.

I re-discovered them when I lived in Edinburgh, where I found an enormous bookshop full of new books, old books and ancient books. I used to go there every week, sometimes even twice or more. When I returned to Granada I couldn’t control myself and I have a map in my head with all the bookshops, and, after all these years, I still find new bookshops. Because one of the best things about them is that they’re hidden waiting for you.

It’s very difficult to express what I feel when I enter one of these bookshops, all of them different, all of them the same. When I open the door and I step into it, I look at the box of free books firstly, because you could always find a diamond in-between cook books and little constitutions. Then, my eyes go around the surrounding shelves. Here’s the first problem, how is the bookshop organised? Authors? Genres? I take out my mental list of books and authors, but I’m always searching for something new, anything that catches my attention.

And the world stops while I walk around the corridors, the shelves and I touch the spine of the books, witnesses of my steps. I allow the odour of the books, the dust, the words to carry me, and then time flies, and I don’t notice it.

When I come out of this spell I realize I have spent more than an hour in my sanctuary, choosing what will be my partners for the next months (or month). I pay and I spend all my money, thinking “this month I’ll eat rice”.

I go out, already fantasizing about my next visit to this sanctuary, but it is 9 p.m. already and the shop is closing. I come home, leave the new books in my desk, and, for a moment, it smells like my sanctuary.


Todo el mundo tiene un santuario, un pequeño rincón donde poder perderse y no dar cuenta de nada ni de nadie; un sitio donde poder estar en paz y tranquilidad; donde nadie nos molesta y podemos apartarnos de la rutina.

Mi santuario personal son las librerías de lance, de viejo; de segunda mano, vaya.

Las re-descubrí durante la época que viví en Edimburgo, donde encontré una librería inmensa y llena de volúmenes nuevos, viejos, antiquísimos; a la que iba todas las semanas, incluso varias veces. A mi vuelta a Granada ya no pude contenerme, y tengo mi propio mapa mental de dónde están situadas todas esas librerías en la ciudad, aunque a día de hoy siempre descubro alguna nueva escondida. Porque es lo interesante de este tipo de librerías, que muchas veces están escondidas, esperando que las descubras fortuitamente un buen día.

Es difícil plasmar aquí la sensación que me produce entrar a alguna de estas librerías, todas ellas diferentes, todas ellas iguales. Pongo la mano en el tirador y doy el primer paso, deteniéndome siempre en el cajón de los libros gratuitos, ya que nunca sabes si puede haber una perla escondida entre libros de cocina ajados y pequeñas constituciones. Inmediatamente mis ojos recorren todos los estantes que hay a mi alrededor. Primer problema, ¿cómo está organizada: por autores, por géneros? Saco mi lista mental de libros y autores a comprar, pero siempre busco más, algo nuevo que descubrir, alguna edición perdida, cualquier cosa que despierte mi atención.

Y de pronto, el mundo se detiene mientras recorro los pasillos, las estanterías y paso mis dedos por los lomos de los libros, testigos atentos a mis movimientos. Me dejo llevar por ese olor característico del papel viejo, del polvo, de las letras; y pasa el tiempo, y sigue pasando sin que yo me dé cuenta. ¿Orwell? ¿Saramago? ¿Egea? ¿Woolf? Mi lista es interminable.

Cuando me quiero dar cuenta llevo más de una hora dentro de mi santuario, seleccionando los que serán mis compañeros para los próximos meses (o el próximo mes). Voy a pagar y mi cartera se vacía, este mes como arroz.

Salgo a la calle, deseando volver a ese santuario y no salir de él, pero son las 9 de la noche, hora del cierre. Llego a mi casa, dejo los libros sobre la mesa, y, por unos momentos, huele a santuario.

Gonzalo 

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