A raíz de la publicación de la poesía completa en Lumen de Alejandra Pizarnik, recuperamos a una autora que se revela imprescindible para entender la poesía contemporánea.

 Antes era casi un milagro entrar en una librería, preguntar: ”Perdone, ¿tienen algo de Pizarnik?” y que la respuesta fuera un sí inmediato. Y es que, durante mucho tiempo, Pizarnik, la última maldita, estaba al alcance de pocas personas.

Para entender la evolución de la persona y obra de Pizarnik hay que situarse en 1954, cuando, en la escuela de periodismo, conoce a Juan-Jacobo Bajarlía, que impartía clases de literatura moderna, asignatura a través de la cual se acercaba a los movimientos de vanguardia rechazados oficialmente en los institutos de enseñanza.

 La lecturas de la joven autora no habían pasado de Rubén Darío, pero tras su relación con Bajarlía, interesada por el surrealismo e influenciada por existencialistas como Sartre y Proust, comenzó a darse cuenta de que el mundo de la poesía tenía otros parámetros que modificaban sustancialmente la concepción poética. Decidió convertir su propia vida en una obra de arte, vivir la vida poéticamente. Admiradora de la poesía francesa, por encima de la española, tenía una enorme influencia de surrealistas franceses como Rimbaud o Apollinaire, sentía la identificación entre poesía y vida.

En este momento apareció su primera obra: La tierra más ajena, y entró en la Universidad de Buenos Aires para estudiar Filosofía y Letras. En la facultad, ubicada en la calle Viamonte, impartía clases en el aula número 2 Jorge Luis Borges, quién diría de Pizarnik que:

”su virtud consiste en expresar algo verdadero y algo que, si no me engaño, no ha sido expresado todavía”.

Poco interesada en un sistema de clases anquilosado y rutinario, asistía esporádicamente a clase y su interés se centraba en leer y escribir sin descanso, pasaba mucho tiempo en la librería Viamonte y disfrutaba quemando las tardes en casa de sus amistades, prestándose libros y recitando versos hasta la noche:

”Antonio Requeni me ruega que le explique mis versos,

sonrío tristemente.

Y a mí, quién me los puede explicar”.

 El mismo año que se inició el golpe de estado a Perón, Alejandra decidió que no podía permanecer en la facultad, el encuadrado academicismo a la hora de estudiar a las figuras canónicas le provocaba un sentimiento de asfixia y enclaustramiento. Años después buscó y quemó todos los ejemplares sin vender de La tierra más ajena.

 Conoció a la poeta Olga Orozco y la tomó, en parte, como su madre literaria. Compartían una misma estética, muy cercanas, con una presencia fuerte y segura que al traspasar la carne se convertía en la fragilidad característica de una niña muerta de miedo. En 1956, publicó su segundo libro: La última inocencia. Poco después comenzó a recibir tratamiento psicológico de la mano de León Ostrov, que acabó convirtiéndose más en amigo que en psicoanalista.

Los tíos de Pizarnik vivían en Francia y, desde pequeña, Alejandra se había criado escuchando música del país galo. Desde la adolescencia, había soñado con ir a París.

En los años sesenta, la ciudad de la luz conservaba el clima del existencialismo que apareció en la posguerra y era una especie de sucursal de Latinoamérica. Octavio Paz, Julio Cortázar y un gran número de artistas latinoamericanos y latinoamericanas estaban allí.

Los cuatro años que Pizarnik vivió en París fueron fundamentales para la evolución de su estilo y obra. Se ganó la vida como correctora mientras se relacionaba con otros y otras poetas de distintas nacionalidades. Frecuentaba habitualmente las ”Caveaus’‘ existencialistas donde se hacía jazz y se discutía sobre literatura, asistía a encuentros literarios en los que pudo escuchar en primera persona a algunos y algunas de sus referentes, como Sartre, Simone de Beauvoir o Marguerite Duras. Vivió toda la gestación del movimiento social y cultural que desembocaría en Mayo del 68.

Entabló una gran amistad con Octavio Paz, que realizó el prólogo del siguiente libro de Alejandra: Árbol de Diana.

Con Cortázar mantuvo una larga relación de amistad que quedó reflejada en la correspondencia entre ambos. A través de cartas, comentaban, corregían y discutían sobre sus obras. Compartían una propuesta estética, su producción literaria no se entiende sin el surrealismo.

Después de esos cuatro años en París, volvió a Buenos Aires angustiada, en palabras de la propia Pizarnik:

”sensación de deterioro, mi yo renovado en París, oxidándose aquí en unos pocos días”.

En este momento de deterioro es cuando terminó de corregir y publicó Los trabajos y las noches, libro con el que llegó a un punto de depuración de la poética propio, utilizando una poesía muy breve que había ido construyendo poco a poco.

En 1966, tras el golpe de Estado de Onganía, se llevó a cabo la Noche de los bastones largos. El 29 de julio, la dictadura intervino la Universidad de Buenos Aires, y la mayoría del equipo investigador y docente partió al exilio. En este período de la historia de Argentina, los homosexuales tenían que estar ocultos y, ya que uno de los principales aspectos que caracterizan a Pizarnik y su obra es la indefinición de su sexualidad, esta situación le impedía incluirse dentro de la sociedad de su país. En consecuencia, no podía asumir su persona como tal de una forma que no fuera escribiendo, siendo poeta.

Ganó la beca Guggenheim y viajó a Nueva York, aunque esta no sería una experiencia positiva ya que el tipo de vida neoyorquino no le sentó bien. Describió la ciudad como: ”feroz y muerta a la vez”.

Con su vuelta a París se inició el principio del fin. Llegó a una ciudad que decía no reconocer: era la época de Cuba, de Vietnam, de la renuncia de Octavio Paz a su cargo de embajador tras la matanza de Tlatelolco, una época de un gran activismo político y movilización social a la que Alejandra era indiferente.

 El eje de su percepción vital gira entorno a la idea de Rimbaud de transformar la vida y después fijarse en el mundo, repensar la vida desde sus cimientos. En consecuencia la crítica de Pizarnik se centra en la vida y el lenguaje, cambiar la vida y el lenguaje, lo demás, vendrá por añadidura.

 La fascinación y pasión que rápidamente sentía por las personas se tornaba en obsesión, reflejada en cada uno de los versos que escribe en la última etapa de su vida, cuando poco a poco fue quedándose sola, por voluntad propia o por ser apartada como consecuencia de su personalidad y obsesiones internas que, cada vez, son más pronunciadas. El miedo a la locura y a la muerte, también presente en toda su obra, se acentuaron en esta etapa final hasta el punto de que, tras ingerir un bote de pastillas, tuvieron que hacerle un lavado de estómago en el hospital de Pirovano.

Interna en el hospital, siguió escribiendo y mantuvo correspondencia con Cortázar.

Con la publicación de El Infierno Musical, quedaba patente que sus poemas se iban volviendo cada vez más angustiosos y tremendos.

A lo largo de toda su obra está presente el afán por intentar aprender a querer serenamente, sin obsesiones. La continua obsesión por explicar la maldición interna de sentirse atormentada, a causa de los sentimientos más profundos. Un estilo intimista y oscuro, pero al mismo tiempo verdadero, como la vida y la poesía.

La poesía de Alejandra Pizarnik es un entramado de intertextualidad, de la palabra ajena convertida en propia. Es fundamental, para quienes admiren a Pizarnik y para no quedarse sólo con el mito, entender el trabajo de escritora que hay en ella y su inmensa inteligencia como lectora. Incontables reflexiones sobre la concepción poética y el lenguaje, buscando una continua depuración de la poesía. Crítica consigo misma y con su obra, acumulando la triple experiencia de escribir, leer y vivir.

Quizá resulte obvio decirlo, pero lo cierto es que la poesía de Alejandra, a veces se convierte en una cuchilla, en un cerrar los ojos y temblar frente a la realidad. Su obra, nos envuelve del mismo modo que aquel abrigo enorme la envolvía a ella cada día.

Al final, el 25 de Septiembre de 1972, esa idea visionaria que había expresado en varias ocasiones, se cumplió, y Alejandra murió de poesía.

  

Juan Domingo Aguilar

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Imagen cedida por Mª Ángeles Aguilar (Instagram: @maguiarc)

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