Debido a que este año se celebra el centenario del nacimiento de Gloria Fuertes (Madrid, 1917-1998), este domingo me apetecía aportar un poquito de nostalgia y risa, porque es así como siempre he percibido los poemas de esta poeta (que no poetisa, una palabra que no le agradaba), incluso los que estaban destinados al público infantil, esos que tantas veces he leído, cuyas ilustraciones están repasadas con un rotulador Crayola rojo de punta gruesa.

Gloria Fuertes nació un 28 de julio en el barrio madrileño de Lavapiés y fue enterrada, 81 años después, en Carabanchel. En su lápida, dos frases:

Ya creo que lo he dicho todo

Y que ya todo lo amé.

Gloria era mujer, pobre (hasta que alcanzó cierta popularidad) y lesbiana. Lo tenía casi todo en la lotería de la marginalización, y supo hacer de ella un distintivo de su poesía. No lo digo yo, lo dice Margaret Persin, investigadora y Profesora Emérita de la Universidad de Rutgers, Nueva Jersey. “Su poesía para adultos [sic] es marginal, de clase obrera […] Hoy en día, en Estados Unidos, sigue vigente la importancia y el impacto de su obra”. (Para quienes sientan curiosidad y quieran investigar un poco más, In Her Words: Critical Studies on Gloria Fuertes, es un libro sobre la autora desde una perspectiva estadounidense). Los datos avalan a Persin, ya que, en total, hay 12 investigadores e investigadoras estadounidenses que se han especializado en la poeta, cuya obra se estudia en el marco del hispanismo norteamericano. Al otro lado del charco, esta poeta independiente es considerada como una figura clave de la literatura de la posguerra española. En España, sin embargo, el apellido Fuertes se asocia al público infantil, el cual le ha otorgado numerosos premios a lo largo de su carrera.

Definitivamente, en nuestro país es raro encontrar un niño o niña que no haya leído y disfrutado alguno de sus poemas (“maestra, porque enseño a los niños a reírse” – Nota biográfica). “No hay ningún colegio de España que no tenga un libro mío, eso sí que es un logro”.

Otro factor clave de su poesía es su latente actitud pacifista. Como ella misma menciona en “Nota biográfica”, a los 14 le pilló la guerra, un suceso que marcaría su personalidad para siempre. En su libro “Garra de guerra”, quedan recogidos todos esos poemas que hablan de batallas, pero, sobre todo, de paz:

Que no vuelva a haber otra guerra,

pero si la hubiera,

¡QUE TODOS LOS SOLDADOS

SE DECLAREN EN HUELGA!

Si entramos en términos académicos, es importante mencionar que a menudo se describe su obra como poesía posmoderna, social y postista. El postismo, último movimiento vanguardista español tras la Guerra Civil, tenía grandes similitudes con el dadaísmo, y, a pesar de no ser un grupo literario como tal, fue un paso muy valiente al enfrentarse, sin tapujos, a las imposiciones sociales e institucionales de la dictadura de Franco y a las propias cadenas de la literatura canónica del momento, de manera contundente, satírica e inteligentemente absurda. Gloria Fuertes fue la única figura femenina de este movimiento y Francisco Nieva, amigo y miembro del grupo, cuenta en una entrevista que “Gloria nos leía sus poemas, y nosotros llorábamos de emoción y de risa”. Ismael Peña, músico folclórico español y otro amigo de Gloria, decía que otro de los reclamos de su obra era ese humor “grotesco y trágico”, un humor que puede analizarse como recurso lingüístico, cuyo efecto se consigue al transgredir las reglas del discurso. Además, contó con el beneplácito de Ramón Gómez de la Serna, el cual quedó prendado de su espíritu castizo, sin pretensiones, accesible a todo aquel que quisiera reírse de las cosas tristes.

“Mi poesía está aquí, como nació –sin ningún ropaje de retórica–,

descalza, desnuda, rebelde, sin disfraz.

Mi poesía recuerda y se parece a mí”.

(Prólogo de  Isla Ignorada)

Por último, me gustaría destacar una frase que dijo la poeta en una entrevista para RTVE, en 1977: “Mi poesía nace como el hipo, con un estornudo […] como una tos, sin poderlo remediar”. Y  es que, aunque no sepa la preparación que había detrás de cada poema, es así como me imagino las creaciones maestras de mis poetas favoritos: como una respuesta orgánica a un verso atascado en la garganta, que tenía que salir para que pudieran seguir respirando con normalidad.

Así que te espero en Lavapiés, Gloria.

Aguardaré al engaño de mi mente, ese que me lleve a un momento no vivido.

Te espero en los bares, Gloria

Como a ti te gustaba, con un chato de vino.

Marina.

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