Cuando nos sentamos en la butaca, esperando que comience la primera película de Nely Reguera, tenemos poca información aparte de la breve sinopsis que podemos encontrar en páginas de cine sobre esta ópera prima que, de entrada, parece que trate temas bastante habituales.

Sin embargo, desde los primeros cinco minutos de proyección, cualquier persona que considere que tiene un mínimo de complejidad emocional y que se plantee preocupaciones, más allá del plan del fin de semana, debería sentirse rápidamente identificada con María.

La tremenda interpretación de Bárbara Lennie, sin cuya presencia, la película ni podría entenderse de la misma forma, ni sería una manifiesto de las inseguridades, frustraciones y perturbaciones que nos acompañan a quienes somos como María, hace que tengamos que contener en varias ocasiones las ganas de reír para acabar soltando alguna que otra lágrima.

Un largometraje que trata con una sensibilidad especial todas esas pequeñas batallas que se libran cada día dentro de cada uno de nosotros y nosotras y todas esas cruces que llevamos a cuestas, clavadas muy dentro, en un lugar al que no dejamos acceder fácilmente a nadie.

Las pequeñas situaciones que poco a poco se van desarrollando durante la hora y media de película, nos hablan de todo aquello que nos rodea y que, incluso sin darnos cuenta, nos condiciona a la hora de tomar decisiones y nos enfrenta con nosotros y nosotras mismas semana tras semana.

En cada conversación vislumbramos los cotidianos y constantes miedos que la protagonista siente, vinculados inevitablemente al círculo que nos toca. Las aspiraciones vitales, las disputas familiares, las amistades, la complejidad de esas relaciones sentimentales, en las que casi siempre se acaban metiendo quienes no son capaces de ver la verdad, creando una realidad paralela construida a base de auto engaño, reinterpretaciones constantes y falsas ilusiones.

Cuando todo el universo que creemos haber construido parece que se derrumba en cuestión de segundos, llegamos al punto en el que quizás, ya sin nada que perder, llega el momento de dejar de aislarse y encerrarse dentro de sí y afrontar todos estos interrogantes de otra forma.

Ni mejor, ni peor, simplemente de una manera distinta.

Seguro que todas las personas que se hayan sentido como María en algún momento de su vida, al salir de la sala, entenderán por completo el título de esta película y, con suerte, dejarán de tener miedo a tomar decisiones.

Quienes quieran dejarse llevar por este viaje de confrontación consigo mismo o misma, no apto para la simpleza emocional, sólo tienen que sentarse y disfrutar.

Juan Domingo Aguilar.

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