Un gemido profundo invade el sopor silencioso de la habitación cuando llega el crepúsculo. Los últimos rayos del sol se internan por la ventana abierta, atentos y curiosos, siguiendo la huella sonora del quejido, y se van extendiendo hasta que al fin alcanzan acariciar unos pies suaves sobre las sábanas blanquecinas y de seda, que ahora parecen color de fuego. Los brazos de sol parecen jugar con los pies, cuyos crispados dedos se retuercen hasta coordinarse con los últimos hilos de ese suspiro puro, lleno de alivio, de amor y de belleza.

Agobiada, en el descuido del calor de la tarde, se extiende sobre las sábanas plateadas una figura. Dos extremidades alargadas se contornean como alas y de a poco, se van convirtiendo en piernas, sobre las que se monta un espacio de hermosa humedad. El vientre blanco, redondo, carnoso, oscilante pareciera danzar al son de la respiración agitada. Una mano se asoma asiendo la cadera y se lanza sobre el surco de las piernas, que se abren y se retuercen con suavidad enloquecida. Las inspiraciones, cada vez más voluptuosas, menos pausadas, elevan un esternón brillante níveo y satinado a la vez. Bajo el despilfarro de la blusa a medio poner, los pechos abultados bailan con sus pezones erguidos, endurecidos mientras la boca hinchada se relame y modula los gemidos, que se abren en matices siempre distintos, siempre entonando la maravilla del placer. La cabeza cobriza enmarañada se voltea de un lado al otro. Con el olor a lo terreno, con el gusto a lo cotidiano, con las manos revolviendo su propia carne, dulce y ardiente.

¡No es una ninfa!

¡No es un poema!

¡No es una musa!

¡No es una diosa!…

Es una mujer hundida en lo más profundo de su propio placer, buceando los surcos, rincones y esquinas de su cuerpo, sumida en la exquisitez de los sentidos que la llenan de una atormentadora potencia sexual que sólo quiere saciar con ella misma. El calor del atardecer y de su propia excitación, han hecho que su piel sude y en ese aroma ella se percibe hermosa, preñada de una luz ancestral y volcánica.

…la brisa me atraviesa y el calor me abrasa cada centímetro de la piel, que explota con el aroma de la tierra húmeda. No hay imágenes en mi mente, ella sólo concentra y dispara las sensaciones del secreto que mi mano descubre y crea entre mis muslos, abriéndome el alma de mi cuerpo desnudo. Y la humedad pide humedad, mi mano enterrada en mis muslos encuentra el punto, lo acaricia, lo dibuja entre la suavidad cálida que responde plena y feliz, mientras mi garganta se eleva en un gemido último y total y mis dedos crispados juegan con los últimos rayos de sol de la tarde.

Pola.

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