Click.

        A la salida del museo quiso comprar el catálogo de la exposición, “36 vistas del monte Fuji”. De los cuarenta y seis paisajes de los que constaba la serie de Hokusai, había una que conseguía emocionarla como si cada vez que la veía fuese la primera. Se sentía atraída por la fragilidad de la barca y la devastadora belleza de la gran lengua de agua salada. En esa ola había algo obsceno y perturbador. Compró un imán.

        -También tenemos camisetas -dijo el joven que la atendía, antes de bajar la mirada al darse cuenta de lo prominente de su barriga, como si se avergonzase de haber dicho algo inconveniente.

      -Deme también las diapositivas -se limitó a decir, a sabiendas de lo poco que le quedaba en la tarjeta.

        Pedir DNI, leyó el dependiente, mientras ella ya se lo mostraba bajo el plástico, casi opaco, de la cartera abierta. Siempre lo hacía con reticencias, porque sabía que su nombre provocaba indefectiblemente una reacción. Aquella no fue una excepción.

        Andrómaca recogió su mochila de la taquilla número siete de la consigna, y caminó hasta el hospital.

Click.

        En la puerta ya inició el ritual de despedida. Lo había visto en un documental de la televisión mientras estudiaba filosofía para uno de los parciales del instituto. Es parte del duelo. Se acarició la barriga redonda, turgente, y lista para desaparecer. Como haría, sólo unos días después, ella. No sonrió a ninguna de las mujeres con las que coincidió en la sala de espera. No se quejó cuando la reconocieron para la cesárea programada, ya sabía a lo que iba. No pensaba renunciar a lo poco que le quedaba de dignidad, ni era tiempo de ser débil porque la resignación no era en ella abandono, sino fuerza.

        -Finalmente será un parto natural -la sorprendió, ahora sí, la doctora-. Estás dilatando.

        No quiso oír nada más. No atendió a ninguna de las palabras de aliento o compasión, en el peor de los casos. No entendía que, sabiendo lo que pasaba allí, siguieran intentando darle un consuelo que ahora sólo podía herirla.

Click.

        -Aquí está. Aquí le tienes -dijo alguien insistiendo en un ritual que no era verdad. No para ella. Él no estaba. En ese momento se alegró de no haber pensado nunca en llamarle Héctor. No hubiera podido despedirle dos veces.

        Pero debía cumplir con las fases de su propio duelo. Por eso, como los elefantes del documental, juntó sus dedos como si fuesen una trompa, lánguida, sin fuerzas, extenuada por la desolación animal que supone una pérdida. Recorrió su cuerpecito pagando su propia culpa y tomando de nuevo conciencia del dolor que podía soportar.

Click.

        No te duele el destierro, aunque debería. Algo muy adentro, más hondo aún que tus tripas, te recuerda que ya no tendrás que volver a sentir miedo. ¿Se sentirán así los que mueren?, pensaste. Y también sentiste que debería ser más fácil el abandono que la huida hacia adelante.

        Cuando cruces ese océano que te separa de tu destino, arrojarás los papeles de la adopción por la borda del barco. Hay decisiones que deben ser definitivas, o no podrías volver a respirar. Nadie te verá, ni siquiera Poseidón agotado por las venganzas de afrentas pasadas, ni tampoco nadie apreciará la metáfora del castigo de haber cortado tu pelo como si fuesen los jirones de lo que te quedaba de inocencia. Hay culpas que no pueden expiarse, y no querrías siquiera aspirar al olvido.

        Pocos días antes habías hecho el sorteo, dejar que algo que no fuese tu propia conciencia decidiera, te alivió. Cinco ciudades, sus nombres escritos en cinco papelitos, doblados sobre sí una y otra vez hasta la extenuación, con obsesiva precisión, hasta quedar minúsculos sobre tu mano. Nueva York, qué extraño te resultó al leerlo, pero te dio igual. Te hubiese dado igual cualquier otro resultado. Te resulta ajeno. Y de la misma forma te enfrentarás al mundo, lo sabes ya. Si alguna vez vuelves a provocar amor, o celos, o pasión, pasarán sobre tu cuerpo sin dejar huella alguna, sin rozar siquiera tu conciencia o tu memoria.

        Siempre habías sentido que tu vida avanzaba como a golpes, quizás como pasan las diapositivas de un proyector, constantes y con un ritmo monótono e imparable, cada cinco segundos una imagen.

Click.

        Al llegar buscarás un sitio donde estar -existir es algo mucho más profundo que no merecerá tu empeño-. Con una pequeña habitación con derecho a cocina bastará, y preferiblemente con una nevera blanca, para poner el imán.

Click.

Ángeles Escudero.

* Nota de la autora:

Este relato, es una interpretación libre de lo que expone Jean Racine con respecto a otra versión sobre el mito de Andrómaca. En ésta, Astiniacte (el hijo de Héctor y Andrómaca lanzado desde las murallas de la ciudad durante el saqueo de Troya) no muere y participa en la fundación de una nueva ciudad con el hijo de Eneas, Ascanio.


[Ángeles Escudero, de la que tenemos la suerte de ser sobrinas dos de las componentes de We Wave, es escritora y profesora de Filosofía. No podemos dejar de agradecerle su colaboración con nuestro proyecto y su apoyo incesante desde que empezamos. Suponemos que, indudablemente, después de leer este relato os habréis quedado con ganas de más, así que aquí tenéis algunas de sus novelas: https://www.casadellibro.com/libros-ebooks/angeles-escudero/88604. ¡Tita, queremos más! Esperamos que se anime a escribir alguna que otra cosilla más. :D]

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