[Versión bilingüe]

Time hounds us. We’re hounded by its passing, its loss, its absence and its demands. It has partly become the motto of our lives. “Make the most of your time,” they say, “Seize the day, time flies,” they repeat. And then they finish with a “Don’t be in a hurry, there’s time for everything.”

This valuable but ephemeral treasure conditions every stage we face during our lives. Age sets goals, pressures us. Sometimes it makes us go too quick, it cancels our ability to reflect on where we’re going and what we want in life. That guy who had to resit a course, that friend who fell behind and didn’t finish her degree or that thirty-something woman who doesn’t feel like being a mother. Will I find a job before I’m 25? When will I settle down? Time offers us questions and takes our confidence away.

Sometimes we try and convince ourselves that if we reach these objectives by the time that they’re thought to be appropriate, our life will go smoothly. And this social chronometre is precisely what makes us forget the obvious: that time is limited and we should have the freedom to figure out what we want to do with it. Happiness is not the consequence of a well-executed plan, nor does it comes from accomplishing a lifestyle that we’ve been culturally convinced is the right one.

It is said that we have three different ages, the biological, the psychological and, lastly, the social. The two first ones are the direct consequence of the passing of time, of experiences and life lessons. The latter is the one that creates stereotypes and prejudices, establishes guidelines and a way of understanding aging, which many times is filled with biased and sexist perspectives.

Our generation’s interests and priorities have changed, and the “when I was your age” does no longer work for us. We spend our lives creating figures, calculating percentages and averages that add frustrations and subtract freedom. Set your own time, decide when your moment has come and mistime your life.

Rebeca.


Nos agobia el tiempo. Nos agobia su paso, su pérdida, su ausencia y sus exigencias. Se ha convertido en parte del slogan de nuestras vidas. “Aprovecha el tiempo”, te dicen, “Vive la vida, que el tiempo vuela”, te repiten. Y después terminan con un “no tengas prisa, hay tiempo para todo”.

Este valioso pero efímero tesoro nos condiciona en cada etapa que afrontamos a lo largo de nuestras vidas. La edad marca metas, presiona. A veces esto nos hace ir a la carrera, nos anula la capacidad de reflexionar hacia dónde vamos y qué queremos en la vida. Aquel chico que repitió en clase, esa amiga que se quedó atrás y no terminó la carrera universitaria o la joven treintañera a la que no le apetece ser madre. ¿Encontraré trabajo antes de los 25? ¿Para cuándo una pareja? El tiempo nos da preguntas y nos roba seguridad.

A veces, nos intentamos convencer de que si alcanzamos estos objetivos en el momento que otras personas han considerado el adecuado para hacerlo, nuestra vida irá sobre ruedas. Y es precisamente este cronómetro social el que nos hace olvidar lo más obvio: el tiempo es limitado y debemos tener la libertad de saber qué queremos hacer con él. La felicidad no es consecuencia de un plan bien ejecutado, ni de cumplir con un modelo de vida que culturalmente nos han convencido de que es el correcto.

Dicen que las personas tenemos tres edades diferentes, la biológica, la psicológica y por último, la social. Las dos primeras son consecuencia directa del paso de tiempo, de las experiencias y vivencias. La última es la que nos crea estereotipos y prejuicios, la que nos asigna unas pautas de comportamiento y un modo de vivir y asumir el envejecimiento que incluso, en muchas ocasiones, está cargado de visiones sesgadas y sexistas.

Los intereses y las prioridades de nuestra generación han cambiado, el “pues yo a tu edad…” ya no nos sirve. Nos pasamos la vida creando cifras, midiendo en porcentajes y medias que nos suman frustraciones y nos restan libertad. Marca tu ritmo, decide tu momento y vive a destiempo.

Rebeca.

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