De lo público a lo privado. Emociones, nudos en la garganta que no se comparten con nadie, excepto con una hoja de papel. Testimonios que hacemos únicos e incuestionables en el momento en el que decidimos no compartirlos con los demás. Algunas personas lo reconocen como escritura terapéutica, yo lo llamo diario.

Descubrirse a uno o una misma es, sin duda, una de las mayores dificultades a las que nos enfrentamos como personas. Nuestra forma de pensar y de sentir se asemeja a una hoja llena de tachones y anotaciones en márgenes que en su momento quedaron fuera de guión, y que hoy día, merecen un hueco entre nuestras líneas. Esto lo comprendí releyendo mi diario, quizás el libro más incoherente que ha pasado por mis manos.

Tenemos la oportunidad de crear nuestro pequeño e íntimo éxito literario, una obra que no será juzgada por nadie más que por la persona que le dio vida. Gracias a que lo largo de la historia muchas mujeres han utilizado este recurso, hoy día sus voces se han convertido en  testimonios que pertenecen a la memoria de la literatura e incluso de la historia. Nos confiesan y nos dan el privilegio de conocer, a través de estos diarios, las emociones y  reflexiones que por diversas circunstancias, decidieron no compartir con nadie más.

Susan Sontag dejó como herencia a su público un cuaderno de notas que, aunque carecía de una narración fluida, dejaron entrever ciertos aspectos interesantes y sinceros de la personalidad de la escritora. Sontag utilizó esta forma de escribir para expresar y liberarse en cierto modo, de los conflictos sobre feminidad y narcisismo que su relación materna le habían causado.

Otro ejemplo de mujer que ha aportado a nuestra historia obras que nacieron de la intimidad de un diario es Virginia Woolf en Diario de una escritora, permitiéndonos así conocer su talento y arte narrativo. Ana Frank también nos dio la oportunidad de entender la vida de una adolescente judía que se escondía de los nazis durante la Segunda Guerra Mundial gracias a su diario.

No todas tenemos historias ni vivencias tan relevantes como las de estas escritoras, pero no se me ocurre una mejor forma de sanar nuestro interior, desahogarnos y ordenar pensamientos e ideas para encontrar paz en nuestro propio mundo. Escribir nos ayuda, con el tiempo, a descubrir cómo hemos evolucionado a través de nuestras palabras.

Rebeca.

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